Las puertas del miedo

Sol del Val es una ex-padeciente de migrañas, ya veterana en el blog. Le solicité una colaboración en la que expusiera desde su condición de Psicóloga, ex-padeciente y ex-asociada, su propuesta para salir de la pesadilla kafkiana del dolor no explicado ni justificado. El cerebro es un constructor de historias, un soñador de la realidad. Cada migrañoso es una víctima de la narrativa de su cerebro, un órgano socializado que hace suyas todas las historias que oye…

LAS PUERTAS DEL MIEDO


Sol del Val.

Es un tema recurrente entre los lectores del blog demandar un método para aplicarlo a su problema con la migraña.

Ya he contado en alguna ocasión mi experiencia personal y la idea que siempre he defendido desde que comencé este proceso: no hay dos padecientes iguales. Los estilos de afrontamiento, las ganancias y las pérdidas, la información recibida y las fuentes de donde ha bebido cada uno, la historia de éxitos y fracasos, los condicionantes sociales y familiares y, en fin, multitud de factores hacen que enmigrañarse y desenmigrañarse sea para cada uno absolutamente distinto.

Con todos mis respetos hacia aquellos profesionales que abanderan la solución en la psicología cognitivo conductual, el psicoanálisis, la terapia transaccional, la racional emotiva, la PNL , la terapia breve, la gestalt o cualquier otra escuela no creo que por sí mismas sean capaces de abordar el problema en toda su  dimensión porque todas ellas hasta lo que yo conozco abordan la migraña, la fibromialgia, el SFC… partiendo de la idea de habitar un organismo enfermo y bajo los parámetros e información oficial que conocemos hasta el momento. No obstante sí creo que los psicólogos tenemos mucho que decir y hacer si partimos de otro lugar de conocimiento, de otro canal de información y que determinadas técnicas pueden ayudar a interiorizar lo aprendido y a cambiar  creencias erróneas por material nuevo, a combatir el miedo, la ansiedad, la soledad, los pensamientos deformados y, en fin, todo lo que obstaculiza la consecución de nuestro objetivo.

Es cierto también que muchas técnicas requieren de la aplicación por parte de un experto y dentro de un proceso terapéutico. Pero hay determinadas cosas que podemos construir, y aplicar nosotros mismos. Son las que tienen que ver con las visualizaciones y todo aquello que a nivel simbólico seamos capaces de fabricar para intentar barrer la información que hemos ido almacenando hasta ahora y cambiarla por nuevos paradigmas.

Ofrecer en una entrada ejemplos de todo aquello que podemos imaginar y cómo representarlo a nivel simbólico podría inducir a pensar que ese es el método y que ahí está la solución, por eso y ratificándome en la idea de que es un proceso absolutamente personal he decidido contaros una historia en la que cada uno de vosotros puede ser el protagonista y en la que en cada una de las imágenes y escenarios cada uno podrá poner sus propios elementos, sus caras, las palabras escuchadas, su historia personal.

Es un cuento sobre miedos, pérdidas, creencias, dolor, angustia, descubrimientos, decisiones y puertas  tras las que cada uno verá y pondrá su andadura y  que cada cual cerrará a su manera,  ahí va…

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 Era joven y vital. Tenía en su cara un gesto de optimismo y deseo por hacer cosas que le acompañaba siempre.

 

Al despertar ese día había sentido un extraño dolor de cabeza que no había experimentado hasta el momento. Alguien muy cercano le había puesto nombre enseguida:

 

“Es una migraña, eso que has visto tantas veces en mí y en otras personas que conoces, te ha tocado, prepárate, estás condenada a sufrirlo como yo. Nada de lo que hagas te librará de ella, te acompañará el resto de tu vida”.

 

A pesar de que le habían aconsejado acostarse a oscuras y en silencio y esperar que pasara, tomó un calmante y decidió salir a dar un paseo por el campo. Amaba la sensación de verse envuelta por la agradable caricia del sol y por el viento que ese día soplaba del sur.

 

Salió por el camino habitual y con sorpresa divisó a lo lejos una casa enorme que no había visto hasta entonces y decidió echar un vistazo. Al entrar  se encontró en una gran sala llena de puertas.

 

Al acercarse a la primera puerta pudo leer un cartel que colgaba de ella: “Puerta de los sabios”. Giró el picaporte y al entrar escuchó la voz de numerosos expertos que hablaban acerca de aquello que le habían definido como migraña: “Son los genes, es la alimentación, es la forma de vida, el estrés, las hormonas, debes seguir las recomendaciones, ni poco ni mucho, ni frío ni calor, no excesos, vida monacal, toma fármacos pero no muchos, habitas en un organismo sensible, enfermo, no te puedes librar de él, haz calendarios, haznos caso, no sabemos que hacer contigo  eres una paciente molesta, es algo psicológico”.

 

Salió aturdida, invadida por una información hasta ahora desconocida y con el convencimiento de ser víctima de una enfermedad que había visto padecer a otros.

 

Entonces reparó con alivio en la siguiente puerta: “Puerta de los remedios”.

 

Entró esperanzada, buscando una solución a aquel dolor que iba creciendo cada vez más en su cabeza y que se acompañaba ahora de nauseas, vómitos, mareos… En aquel lugar encontró una multitud de terapias, técnicas y soluciones que le ofrecían la curación y la salvación: fármacos, acupuntura, psicoterapia, remedios caseros, homeopatía, fisioterapia… todas de manos de conocedores del gran mal que ya se había instalado definitivamente en ella.

 

Salió un tanto aturdida y, ávida de saber más, abrió la última puerta: “Puerta de los migrañosos” y, convencida de que ella pertenecía definitivamente a ese grupo, descubrió al abrir un mundo de sufrimiento, soledad, búsqueda desesperada, incomprensión y pérdidas. Mil historias cuyos protagonistas eran personas con un alto grado de indefensión y de obediencia ciega a cualquier posible solución de curación,  en un universo un tanto claustrofóbico y sin salida. Le invadió entonces un  miedo enorme, gigante, una sensación de condena de por vida.

 

No había salida. Buscó una y mil veces la salida de aquella casa de las puertas que había abierto de par en par y la habían engullido. Entró y salió de las salas cientos de veces en busca de una solución pero  sólo consiguió alimentar más el miedo, esa bestia negra que crecía cada vez más y al que se fueron agregando otros sentimientos igual de intensos, la culpabilidad, la acusación propia y ajena y la envidia y el resentimiento hacia los que no la entendían. Se había paralizado, se había apoderado de ella la indefensión.

 

En sus idas y venidas por aquellas habitaciones un día descubrió en un rincón una puerta escondida tras de unos grandes cortinajes, oculta tras la grandeza de aquellas puertas, en su entrada se podía leer: “El antídoto del miedo”

 

Dentro escuchó hablar de dolor, cerebro, neuronas, copia eferente, condicionamientos, miedo, evitación, errores evaluativos, equivocaciones del sistema, memorias, biología, neurociencia… y comenzó un proceso de aprendizaje y de discusión con una parte de sí que se  empeñaba en volver a cruzar todas las puertas conocidas una y otra vez… 

 

Entendió que se trataba de volver sobre sus propios pasos, de caminar el camino andado para desandarlo y cerrar una a una todas las puertas del miedo y no volver a entrar más.

 

Esa puerta escondida, que durante mucho tiempo nunca encontró, le comunicó con la salida al exterior, con una sensación nueva, de aire fresco, de información sin misterios ni trampas, de claridad. 

 

Se llevó como un tesoro lo que allí encontró. Sabía que tenía mucho trabajo por hacer, que no sería fácil, que requeriría de esfuerzo, tesón y constancia. Y comenzó a caminar con paso firme por un sendero nuevo.