¿Migraña? No, gracias

Séfora Bermudez es una expadeciente de migraña. Harta ya de sufrir y sinvivir se rebeló contra su situación por puro instinto.

Para rebelarse no hay mas que dar un giro de 180º y caminar en la dirección contraria:

«si haciendo todo lo que me dicen que debo hacer llevo una vida perra, voy a ver qué sucede si hago justo lo contrario».

La opción de la rebeldía es productiva si lo que uno previamente hace conduce inexorablemente al infierno.

Este es el caso en la migraña.

Mi consejo es rotundo. Consulte a su médico. Una vez que han descartado una patología relevante y le etiquetan de migraña, pregunte qué debe hacer… para hacer justo lo contrario. Si tiene ocasión infórmese de la propuesta pedagógica en Biología para fundamentar su corte de mangas a la oficialidad con argumentos biológicos.

Séfora acudió, ya curada, a uno de nuestros cursos, para conocer nuestras propuestas. Tiene un blog desde el que explica su proceso.

Me ha enviado el testimonio de su experiencia.

Es un ejemplo a seguir. Sólo se necesita pasión por conocer y coraje para aplicar lo conocido.

Gracias, Séfora.

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Hola.

Me presento.

Me llamo Séfora Bermúdez, tengo 35 años y vivo en Barcelona.

Hace 10 años que no tengo migraña y jamás volveré a tenerla.

Si tienes migraña sé que leer esto impacta, probablemente pienses que las migrañas son para toda la vida, pero eso no es cierto.

No soy la única que lo ha conseguido. En estos años he conocido a otras personas que también lo han logrado, entre ellas una chica que asistió al curso pedagógico de Arturo.

 

Mi historia

Cuando estudiaba en la facultad de Biología llegaba a sufrir unas 3 o 4 crisis a la semana.

Ya sabes lo que es.

Comenzaba con aura, viendo estrellitas blancas, continuaba por la imposibilidad de recordar algunas palabras básicas y entonces, aterrada, ya sabía lo que venía después: un horrible dolor de 24 horas de duración con fotofobia, fonofobia y osmofobia.

Durante más de diez años las migrañas secuestraron mi vida.

Aparecían cuando menos las esperaba.

Me las desencadenaban el chocolate, la lluvia, el estrés, el dormir poco…Los detonantes fueron ampliándose hasta que llegó un punto en que ya no identificaba qué las provocaba. Cualquier día, a cualquier hora podían aparecer.

Desde la distancia entiendo que no hay desencadenantes reales…

Un día toqué fondo y decidí que no podía seguir desperdiciando así mi vida y que quería ser feliz.

 

Mi curación

Comencé a hacer cambios en mi vida para intentar mejorarla y ser feliz.

Pero el mayor cambio que realicé fue precisamente dejar de huir.

Los profesionales sanitarios, con un criterio comprensible aunque cuestionable, recomiendan la evitación de los desencadenantes:
  • Si el chocolate te da migraña, no comas chocolate.
  • Si las cenas familiares te dan migraña, no asistas a cenas familiares
  • Si los días de tormenta te dan migraña, no vayas a clase los días de tormenta.
Pero esta evitación no reducía mis crisis, sino que las estaba recrudeciendo

Cada vez más cosas, situaciones, o personas desencadenaban mi dolor.

Cada vez estaba más triste, más sola y pasaba más tiempo encerrada en mi cuarto con la persiana bajada y preguntándome por qué tenía que haberme tocado a mi.

Así que decidí hacer todo lo contrario.

Ahora sé que en psicología eso se denomina una “conducta contrafóbica”, es decir, ir en contra del miedo hasta que desaparece.

Por aquel entonces no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Yo tan solo quería vivir, salir y reír.

Pero mi cerebro hipersensibilizado no tenía ese mismo objetivo vital. Quería protegerme erróneamente de falsos peligros: una copa de vino, un viaje inesperado o un restaurante nuevo.

Y su estrategia para protegerme era el dolor, así me alejaba de esa copa de vino, del viaje o de la cena.

Tenía miedo de hacer algo inadecuado que iniciara una crisis.

Y ese miedo se hacía más fuerte.

Para enfrentarme a él empecé a leer (y mucho), a jugar, a probar, a visualizar, a cambiar. Y sobre todo a enfrentarme a todo aquello que me aterraba, me provocaba disconfort o  migrañas.

Escogí la vida antes que el dolor.

Un día, sin saber que eso podía lograrse, mis migrañas desaparecieron.

Se cansaron de avisarme de peligros imaginados, puesto que ya no les hacía caso. Estaba demasiado ocupada viviendo y haciendo planes maravillosos.

Contra más las ignoraba y más estrategias iba aprendiendo para salir de mi espiral fóbica, más feliz me encontraba.

No te engañaré, es un proceso duro, durísimo. Es lo más difícil que he hecho jamás.

Pero lo haría una y mil veces.

La meta es demasiado grande.

Si estás leyendo esto quiero que sepas que puede lograrse, aunque pienses: “ella pudo, pero mi caso es diferente, yo no podré”. Todo el mundo puede o al menos todo el mundo debe intentarlo.

Paso a paso, sin culpas, sin remordimientos cuando aparece una crisis, sabiendo que esto no es para siempre y sin perder el foco, probando y enfrentándote a ti, es como se puede salir de esto.

 

Herencia de la migraña

Me gustaría explicarte algo más.

Tengo un hijo de 6 años. Él no tiene migrañas y jamás las tendrá.

Hace un año comenzó a manifestar unos síntomas que ya me conozco bien: “mami me duele la tripa, mami me duele la cabeza, no quiero ir de excursión, no quiero tener que exponer en clase, no quiero coger ese avión…”.

Mi actitud tranquila: “no te va a pasar nada, vé a clase y disfrútalo. Confía en mamá. A la salida del colegio hablamos”.

Cuando sale de la clase se le ve feliz, ha ido de excursión y está contento pese a los miedos iniciales.

Al llegar a casa hacemos un dibujo del autocar que colgamos de la nevera y durante días le recuerdo lo bien que se lo ha pasado, lo valiente que ha sido y como todo lo malo que se imaginaba no se hizo realidad, sino que fue un día divertidísimo.

Él aprende que no hay que huir de aquello que nos da miedo.

Ya nunca me dice que le duele la cabeza.

Si yo hubiese seguido con las crisis de migraña estoy convencida que él también las sufriría.

Las migrañas no se heredan, se enseñan
sin darnos cuenta a personas con una sensibilidad especial y unos genes que determinan un carácter con más probabilidades a sufrir este síndrome.

Así que sé fuerte y mira siempre para adelante.

Tan sólo debes imaginarlo, sentirlo y hacerlo.

Se puede vivir sin dolor.