Pubalgia, desgastes

Conocimiento = tranquilidad


Hola, mi nombre es Javier, tengo 35 años, y el miedo al dolor me lo ha hecho pasar muy mal. Hoy, sin embargo, gracias a este blog y las personas que están detrás de él, he adquirido las herramientas suficientes para liberarme de la tiranía del dolor y poder recuperar mis aficiones. Por ello, quiero contar mi experiencia por si a alguno le sirve para hacer entrar a su cerebro en razón.

Mi calvario comenzó hace 7 años jugando un partido de fútbol. En una jugada noté un pinchazo en la ingle derecha, y luego en el vestuario cojeaba y no podía ni agacharme para atarme los cordones. Al día siguiente, fui a hacerme pruebas. Ni la resonancia magnética ni las placas indicaban nada, pero me comentaron que podía ser una pubalgia y me mandaron rehabilitación. Consulté otro médico que me dijo que lo mejor era infiltrarse.

Como tenía mucha prisa por estar bien, recientemente había tenido otras "lesiones" (seguramente mi cerebro estaba ya sensibilizado), me infiltré. Pasaban las semanas y los meses y no mejoraba, por lo que consulté a otros especialistas, fisios, osteópatas, punción... Lejos de mejorar, me empezó a doler la ingle izquierda también. Era un dolor súper desagradable que no me permitía estar sentado, ni por supuesto hacer deporte, cosa que amo. Mi día se limitaba a estar sufriendo en la oficina, ya que estaba sentado, y luego por la tarde ir a rehabilitación. Pronto empezó a dolerme también la espalda, desde las lumbares hasta el cuello. Más masajes, punción, nuevas resonancias en busca de algo que explicara qué narices me estaba pasando...  ¡¡¡Llegué hasta cambiar mi dieta porque igual estaba “metiendo muchas toxinas al cuerpo”!!! Estaba perdidísimo…  Al tiempo, di con un fisio que, además de tratarme, me animó a empezar con la actividad, a correr suave. Mejoré bastante, pero seguí con dolor, por lo que seguí buscando.

Finalmente, descubrieron que tenía un desgaste en el cartílago de la cadera provocado porque la cabeza del fémur no era del todo redonda, y que con artroscopia se podía corregir. Lo tenía en las dos caderas. Pese a tener una recuperación muy larga (4-6 meses) decidí operarme de la primera cadera. Quería recuperar mi vida a toda costa. La operación fue bien, pero la recuperación no. Fue horrible, estaba peor que al operarme, estaba de baja y a penas me movía de casa por dolor. No podía estar sentado mucho tiempo, no podía estar tumbado mucho tiempo, no podía andar largas distancias ¡Era un infierno! Además, un golpe que me dieron en el coche hace tiempo y me dejó dolor de cuello me había vuelto muy fuerte, y me preocupaba tener algo en las cervicales.

En mi desesperación, ya buscando una escuela de espalda para por lo menos recuperar una vida digna, encontré este blog y, gracias a él, a María.

¡La primera consulta con María fue la hostia! Vi la luz. Entendí por fin qué me pasaba. Podía explicar mi situación, cosas como por ejemplo:
  • ¿Por qué un día me duele aquí y al día siguiente allí? Los fisios, osteópatas, médicos, no se explicaban cómo podía tener tantos dolores y no en el mismo sitio específico.
  • ¿Por qué cuando me lo estoy pasando bien no me duele? A mí me gusta bailar, y había días que llegaba a la clase de baile con un dolor del copón, y mientras estaba en movimiento no me dolía nada. Estando con mis amigos de cervezas normalmente también se me iba el dolor. Curioso ¿no?
  • Tenía la creencia que debía estar mal hecho, ya que la gente se lesionaba y al cabo de un tiempo se curaba, pero yo no. ¿Por qué mi cuerpo es distinto al de los demás, y el mío no se cura?
Esto me dio mucha tranquilidad. Sabía que por delante había un largo camino que no sería fácil, pero que mecería la pena. De la tranquilidad y esperanza que me dio la consulta, el dolor de espalda se me quitó.

Voy a tratar de indicar las distintas fases por las que se va pasando:

FASE #1: Meter información y sacar la basura de la cabeza

Bueno, como veis en esta historia, el protagonista es una persona muy preocupada por sus dolores y por recuperar su vida. Por lo tanto, ha habido un peregrinaje por médicos, terapeutas, internet… Y, a lo largo de este peregrinaje, he recibido información sobre mi cuerpo, cosas que no podían ir bien, qué es conveniente/inconveniente… Y toda esta información no hace más que alimentar al monstruo, al miedo. Y, como he aprendido, si el cerebro tiene miedo (porque cree que hay algo que está mal), el propio cerebro, cumpliendo su función (que es protegernos), nos pondrá los mecanismos necesarios para cumplir esa función. Es decir, dolor y malestar para quitarnos las ganas de hacer nada y que nos estemos quietitos. Es por lo que a más que buscaba, a más información que recibía, a más tratamientos que iba, cada vez iba peor, porque estaba metiendo más información mala, más miedo al cerebro.

Por tanto, ¿dónde está clave de todo esto? En la INFORMACIÓN.

Es clave saber la diferencia entre dolor y lesión (para esto hay cientos de artículos buenísimos de Arturo, vídeos que me han enseñado, artículos científicos que he leído, estudios…) Es muy importante leer, leer y leer. Porque hay que bombardear al cerebro con información correcta. Y lo que es más importante, leer esa información con actitud crítica, no creérnoslo porque quieres que sea verdad, sino analizar científicamente que esa información es verdadera y lo que teníamos en la cabeza era literalmente “basura” que nos ha hecho tener una concepción de cuerpo débil.

 

FASE #2: Analizar tu situación desde una nueva perspectiva

Una vez que conoces y asumes al 100% que la nueva información que estás interiorizando es la realidad. Hay dos preguntas claves, a las que llamo los pilares, y a las cuales sigo echando mano a día de hoy cuando me entra alguna duda:
  • ¿Estoy lesionado?
Esta es la fundamental, es el punto de partida. Y, para poder dar respuesta, hay que saber que el cuerpo se adapta a las lesiones que hayamos podido tener, y que esas lesiones tienen un tiempo finito, tras el cual el cuerpo se adapta generando tejido funcional. Puede ser que la funcionalidad inicial no se recupere del todo (limitación de movimiento en cierto grado), pero no tiene una justificación biológica el dolor. Ese dolor tiene una justificación asociada al concepto que tiene tu cerebro sobre la zona que estaba originalmente lesionada.

Por lo tanto, ¿estoy lesionado? Pues en mi caso sé que a día de hoy no. De alguna manera, lo que tuve en las caderas se ha adaptado, y se sigue adaptando (ya que, al darle uso, los tejidos mueren y se generan sin que eso genere lesión.
  • ¿La actividad que realizo me lesiona?
Aquí es muy importante desmontar la paja mental que tenemos acerca de la postura. La postura es incómoda cuando nos fijamos en ella, cuando nos preocupamos por ella. El cuerpo es perfectamente sabio para hacer cientos de ajustes necesarios en los músculos para que no se agoten. Además, los músculos son mucho más fuertes de lo que creemos (dicen que cuando más fuerza consciente hacemos, no usamos ni un tercio de la fuerza que pueden ejercer. Es por ello que en situaciones extremas de supervivencia desarrollamos lo que llaman “fuerza sobrehumana”). Nos limitamos a nosotros mismos por miedo. Y así, por ejemplo:
  • Yo pensaba que me hacía daño por estar sentado. ¿De verdad? ¿Las sillas hacen daño? Como dice María, sólo la silla eléctrica.
  • Yo pensaba que cuando subía cuestas doblaba mucho la pierna y llegaba a pinzar la zona que tenía mal en la cadera. Tras haber respondido a la primera pregunta, sé que no estoy lesionado. Tengo un cuerpo perfectamente funcional, y las personas podemos subir cuestas sin ningún problema.
He seguido aplicando esta lógica, por supuesto ayudado por las indicaciones y preguntas que me hacía María para desmontar toda la basura que tenía en la cabeza, y he conseguido en primera instancia sentarme, tumbarme y andar sin dolor. Luego, subir al monte y andar en bici. Luego correr, hace poco jugar a frontenis, y ahora dentro de poco estoy deseando volver a la nieve a esquiar. ¡Yo! ¡Que hace poco no podía estar ni tumbado en la cama!

Por lo tanto, ¿la actividad que realizo me lesiona? NO. Antes sí me dolía porque tenía miedo, porque al hacer lo que ahora hago pensaba que le estaba haciendo mal al cuerpo. Y no es verdad. Nuestro cuerpo es fuerte, mucho más de lo que creemos, y las limitaciones están en nuestros miedos.

 

FASE #3: De la teoría a la práctica

Cuando tuve la confianza de que la actividad que quería realizar no lesiona. Digo no lesiona, y no que no duele, ya que puede que sí o que no duela. En ese momento, con total tranquilidad y de manera progresiva, empecé a retomar lo primero de todo mi vida cotidiana, mis aficiones, las cosas que me gustan, y no preocuparnos de si duele o no duele, porque el dolor no siempre es un signo de que las cosas están mal, y yo ya comprendía que no estaba lesionado pese a poder tener dolor. El cuerpo suele respetar las cosas que nos gustan sin dolor.

Para ser más concretos, os pondré un ejemplo. Lo solía hacer al salir de las sesiones con María, ya que estas sesiones eran un chute enorme de confianza. Me subía andando desde Armentia al pueblo de Ezquibel. Me ponía música motivadora, y me centraba en que estaba bien, que no estaba lesionado. El dolor iba y venía, iba y venía. Eso me hacía ver que había cierta falsedad, ya que o duele, o no duele. O tengo algo roto, o no lo tengo. No obstante, el dolor es dolor y es muy difícil gestionarlo, entra miedo, entra rabia, entran miles de sensaciones que no puedes controlar. Lo único que podía controlar era el acceder a la información real que había adquirido y que desmontaba todas esas sensaciones que estaba viviendo. Me agarraba a esa creencia como un clavo ardiendo y tiraba para adelante tratando de tener la mente ocupada en lo que no fuera el dolor. Lo mejor es hacer algo que de verdad te guste mucho mucho, ya que vas a estar disfrutando y mucho menos pendiente del dolor. En mi caso era la naturaleza y la música.

La cosa era que, a ratos con dolor, otros sin dolor, conseguía llegar donde días antes me parecía imposible y que, cuando terminaba, no me dolía ni más ni menos que lo que me estaba doliendo antes de haber dado la vuelta. Poco a poco, vas cogiendo más confianza, y vas estando menos pendiente de esos dolores, porque te vas dando cuenta en tus propias carnes que realmente son insignificantes, que no significan más que los miedos que tiene tu cerebro.

 

FASE #4: Salir de las recaídas

La fase 3 es un subidón. Porque pasas de estar en la mismísima mierda a poder tener vida normal, a perderle en cierta manera el miedo al dolor. Y ese dolor va día a día menguando. No obstante, había vivido muchos años con miedos, experiencias malas, “basura de información”… Y el cerebro, sin que me diera cuenta, como yo decía: “me la jugaba”. Y me ponía un dolor como el del principio, y parecía que todo se desmoronaba. Esto es muy duro, y sabed que os va a pasar, y de la misma manera estad tranquilos, porque sabed que vais a salir.

Hay que buscar la tranquilidad. A mí aquí me ayudaban 2 cosas:
  1. Repasar los dos pilares. Me volvía a releer la información y la volvía a analizar y aplicarlo a la causa que me estaba generando los miedos.
  2. Saber que es un proceso de aprendizaje. Hay que ver la gran imagen. Es decir, los avances que vas haciendo, y no centrarte en que hoy, ahora, duele muchísimo.
  3. Cuando realmente vuelves a tener la confianza de que no estás lesionado, volver a tu actividad normal. Hay que tratar que no te cambie lo que tenías programado (igual, si no puedes darte un paseo largo, pues uno mediano y me tomo un café leyendo el periódico)
¡¡¡¡OJO!!!! Hay que hacer las cosas porque apetecen y no para buscar el no-dolor. Esto me ha costado un montón interiorizarlo. Reconozco que, a veces, me iba a correr para demostrarme que estaba bien, y funcionaba. Pero es pan para hoy y hambre para mañana, ya que “el dolor” sigue siendo la causa por lo que haces las cosas, y al hacer esto, le estás diciendo al cerebro que algo pasa. Es decir, el cerebro va a seguir mosqueado, y al poco “te la volverá a jugar”.

Es cuando realmente acepto que el dolor es irrelevante, que es parte de mi sintomatología, y parte del proceso de reaprendizaje, cuando me tranquilizo. Es entonces cuando dejo de prestar atención al dolor, y paso a prestar atención a lo que estoy haciendo. Y es entonces cuando la intensidad del dolor baja y se acaba yendo. Aquí de nuevo, hacer cosas con las que se disfruta ayuda.

He de reconocer que sigo cayendo, aunque con el tiempo, esa “gran imagen” de la que he hablado es más grande, y te ayuda a relativizar el “charco” en el que has caído. Las primeras veces era un pantano oscuro y profundo, luego un pozo, luego un charco grande, y luego charquitos que pasas por encima sin apenas mojarte. No queda más que atreverse, y pasar a través de ellos, porque la auténtica rehabilitación es enfrentarse a la vida en el día a día con todo lo que nos traiga. Eso sí, con la confianza de saber que tenemos un cuerpo capaz. Nuestro único límite son los miedos.