Gracias a mi lesión, se abrió una puerta en mi profesión

Hace unos meses, de la forma más tonta, me tropecé y me caí. Como acto reflejo, apoyé las manos para amortiguar la caída. Me hice daño, pero tenía mucha prisa, así que me levanté y seguí mi camino. Cuando llegué a casa, me eché una buena llorera y me empezó a molestar algo la mano, se inflamó un poco, pero no me dolía (comparado con otras lesiones o fracturas que he tenido) como para valorar que hubiese una lesión grave. También pensaba en el trabajo que tenía por la tarde, que tenía poco tiempo para comer y que al día siguiente era fin de semana y ya podría descansar. Así que me sujeté bien la mano y volví a trabajar. El dolor no aumentó, así que pensé que simplemente sería una contusión y en unos días se pasaría.

Al día siguiente, el dolor seguía siendo muy leve para mí, pero tenía más inflamación y un hematoma bastante considerable, así que fui a que me hicieran una radiografía para descartar un mal mayor. Cual fue mi sorpresa, cuando vi que tenía dos huesos de la mano rotos (2º metacarpiano y trapezoide). ¡Una buena faena!

Trabajo de fisioterapeuta autónoma en una consulta propia, así que decidí contratar a alguien para que me sustituyera durante la inmovilización y recuperación de la mano. No estaba muy convencida de hacerlo, laboralmente estaba en una etapa incierta, pero conocí a una fisioterapeuta (la llamaré M a partir de ahora) que me mostró algo diferente, que me interesaba, que podría aportarme nuevas posibilidades, algo que captaba mi atención desde hacía tiempo pero no había sabido o  no habia encontrado la forma de conocerlo. La biología neuroinmune.

Cuando M comenzó a trabajar conmigo, habían pasado unos 20 días de mi caída, y esa misma mañana me habían cambiado la escayola por una férula que sólo podía quitarme para ducharme y para empezar la recuperación antes.
 Estaba un poco “ACOJONADA” porque al quitarme la escayola, aparte de lo floja y limitada que se queda la mano después de la inmovilización (sensación ya conocida) me empezó a doler la muñeca, la parte radial.

No había tenido dolor en todo el proceso y ahora sí, y en una zona en la que no estaba la lesión. No lo entendía y me asustaba porque, cuando era una niña, me había fracturado el radio (justo donde dolía ahora) y además le sumamos que hacía 8-9 meses, había tenido una lesión en la misma mano.

Pensé en darle tiempo a ver que tal evolucionaba, pero me resultaba muy complicado no pensar en posibles lesiones, limitaciones etc, que podrían ocurrir con esos síntomas.

Además, recordaba continuamente la imagen de mi mano en el fluoroscopio, como la había visto esa mañana.

El movimiento de la articulación estaba limitado y tenía una artrosis de abuela. También era confirmado por la traumatóloga, debido a mi fractura anterior, tenía el radio torcido, la cabeza del mismo estaba plana en vez de curvada y por tanto, el movimiento era limitado y me producía mayor desgaste, añadido a que ya no tenía prácticamente nada de cartílago articular.

También me dijo que podía empezar a realizar todos los movimientos exceptuando la flexión dorsal y sobre todo… ¡¡nada de cargar!!. Si ya tenía mis propios miedos y creencias al respecto, la traumatóloga los asentó.

Sin embargo, esa misma tarde, mientras M me movilizaba la mano me explicó lo que era realmente el dolor, como funcionaban los mecanismos de nuestro cerebro - organismo a la hora de percibirlo y se abrió un mundo nuevo ante mi. Lo comprendí desde el primer momento, respondía a múltiples preguntas que llevaba haciéndome durante años como profesional y como paciente. Me recomendó varias lecturas y me dejó un libro que explicaba los conceptos más importantes de una forma muy fácil de comprender. Me lo leí en dos días y me quedó muy claro. Entonces empezaron las preguntas y se presentaban ante mí muchísimas contradicciones. Una buena parte de lo que había estudiado y trabajado durante estos años estaba equivocado o tenía una concepción incompleta de nuestro organismo.

Decidí abrir mi mente, escuchar, aprender y aplicarlo en la recuperación de mi lesión. Con el paso de los días, M iba respondiendo mis dudas mientras me ayudaba a recuperar la movilidad. Era curioso como el simple hecho de cambiar de estímulos, lo que me iba contando o mi diálogo interno, hacían que el dolor se disipase y pudiese avanzar más rápido sin problemas.

Sin embargo, la flexión dorsal (casualidad o no, justo el movimiento que me había dicho la traumatóloga que no hiciese) aunque avanzaba en la movilidad, me seguía molestando y es cuando reaparecían mis miedos. Volvían a mi mente las imágenes del fluoroscopio, las palabras de la traumatóloga y mis conocimientos acerca de múltiples lesiones.

Con el movimiento, las conversaciones con M y mi autodiálogo, conseguía corregir el error de mi cerebro al interpretar estas situaciones. La lesión ya estaba cicatrizada y estaba en proceso de readaptación. A medida que la estructura de la mano se readapta el dolor desaparece.

Tres semanas después, había recuperado la movilidad y el tono muscular. Me seguía molestando la flexión al echar peso sobre la mano, pero simplemente pensaba en que necesitaba un poco más de tiempo. La recuperación había sido muy positiva.

Entonces volví a la consulta de la traumatóloga para la revisión. Aunque estaba todo perfecto, me volvió a recordar que tenía que cuidarme la mano ya que la tenía bastante deteriorada para mi edad y por el trabajo que tengo. Observé de nuevo mi mano en movimiento por dentro y pensé que M se marchaba a la semana siguiente y que debía retomar mi actividad laboral .

Empecé con energía y fue bastante bien, pero al cargar el peso, me seguía molestando. Pasaron dos semanas y me empecé a mosquear, porque no solo el dolor no había desaparecido, si no que había empeorado en varias situaciones. Pensé que igual era que había empezado pronto y también notaba que cuando corregía mi percepción del dolor no se acababa disipando como antes. Así que mis miedos y creencias afloraron otra vez, tuve que volver a la traumatóloga. Necesitaba comprobar y descartar que no se nos había escapado algo (concretamente pensaba en una lesión en el escafoides).

Estaba todo bien. Le pregunté que entonces no tendría porque dolerme y me contestó que por la falta de cartílago, el escalón que había formado el callo de la fractura y la forma del radio, el roce articular si que me podía producir dolor en esa posición de la mano, que intentase evitar ese movimiento en la medida de lo posible.

Esta vez me quedé tranquila, estaba todo bien. No estaba de acuerdo en evitar el movimiento y con todo lo que había aprendido tenía claro que la artrosis no me podía generar ese dolor. Me puse en acción, recordaba todo lo que me había contado M, lo que había leído, leí más y progresivamente fui corrigiendo las evaluaciones erróneas de mi cerebro ante las situaciones que me producían dolor. Antes de 15 días, ya no tenía dolor en ningún momento y mi mano era y es funcionalmente perfecta. Ahora, de vez en cuando, me recuerda que está ahí, pero enseguida consigo que desaparezca y con el paso de las semanas se ha ido disipando.

Gracias M por ayudarme y guiarme en este proceso y por abrirme una puerta a la realidad científica.