Explorando desde la Psicología (I)

Mar Tascón es una honesta psicóloga que hizo su primera aparición “pública” en el blog hace más de tres años (“Los psicólogos y el dolor”), sorprendiendo a más de uno al no ser habitual encontrar profesionales de la Psicología que adopten como punto de partida este marco teórico en el abordaje del dolor crónico no asociado a daño relevante. Desde entonces, ha colaborado de forma habitual escribiendo entradas y numerosos comentarios.

Como señalo en el sexto punto de la introducción, “estoy de acuerdo con Sol del Val en que este debate puede ayudarnos a obtener alguna clave, alguna pista, y creo que se puede esbozar un marco de afrontamiento más dirigido o dotado de estrategias o herramientas que orienten a todas esas personas que no van bien o que recaen, pero que consideran que el marco teórico es correcto. Que no se sienta nadie excluido, que no se piense que, como ya lo probé todo antes (lo oficial y lo alternativo), y la pedagogía tampoco “me funciona”, ya no hay nada más que yo pueda hacer. Eso hace que uno se sienta “en tierra de nadie” (utilizando un término de Sol), y complique aún más la resolución del problema”.

En esta línea de intentar esbozar un marco de afrontamiento más dirigido o dotado de estrategias o herramientas, Mar nos cuenta lo que la Psicología puede aportar para complementar a la pedagogía del dolor, dando respuesta a esta pregunta: ¿qué hace un psicólogo que comparte el modelo teórico que se expone en este blog?

Gracias Mar por estar siempre ahí “apoyando” con tu conocimiento. Espero que tu escrito oriente e, incluso, sorprenda a más de uno…

EXPLORANDO DESDE LA PSICOLOGÍA (I)

Mar Tascón. Psicóloga Clínica

Cuando una persona padece dolor hace todo lo posible para librarse de él. Generalmente, acude a su médico en busca de ayuda y se protege como puede: haciendo reposo, dejando de lado las relaciones sociales y las aficiones, modificando los hábitos de alimentación, etc. Con el tiempo, cada cual va construyendo su kit particular de afrontamiento del dolor.

Cuando la medicina no puede librarnos del dolor y el sufrimiento se alarga, la persona va probando diferentes alternativas para poder seguir viviendo. El problema es que la mayoría de estos intentos son ineficaces para controlar el dolor e incluso pueden contribuir a aumentar su intensidad y cronicidad. Además, tanto el dolor por sí mismo como las estategias de control afectan negativamente al estado emocional. Porque no sólo se sufre de forma constante sino que se limita todo aquello que nos permite sentirnos bien como las relaciones sociales y las aficiones.

Es frecuente que las personas que padecen dolor en forma de crisis o diariamente durante largos periodos de su vida, acaben deprimidas y angustiadas. En bastantes ocasiones, esta persona acaba en la consulta de un psicólogo. ¿Qué puede hacer un psicólogo? O mejor dicho, ¿qué hace un psicólogo que comparte el modelo teórico que se expone en este blog?  

Pues lo primero sería hacer una evaluación para explorar qué piensa la persona acerca del origen de su dolor, qué hace para intentar controlarlo, qué consecuencias tiene eso que hace, cómo son las características del dolor, qué calidad de vida tiene, con qué apoyos cuenta, cuáles son sus valores y cómo está a nivel emocional.

Después ir presentando el modelo teórico del dolor sin daño y proponiendo maneras alternativas de afrontamiento. Lo que se intenta es que a partir de una concepción diferente del origen del dolor, se abandonen estrategias improductivas de control y se vaya recuperando la funcionalidad en diversas áreas de la vida. Se podría ver como un “reaprendizaje”. Ir abandonando la forma habitual de manejarse con el dolor y aprender nuevas estrategias coherentes con la biología.

Lo que hago como psicóloga es acompañar a la persona en este proceso. Analizando con ella los obstáculos que se va encontrando a la hora de modificar el afrontamiento en las situaciones de dolor. Estos obstáculos no son sólo el dolor en sí mismo (que ya es bastante), sino el miedo a lo desconocido, las dudas por abandonar las estrategias de siempre, los pensamientos recurrentes y catastrofistas en torno al dolor y la capacidad para modificarlo, la desesperanza, la culpa y la falta de apoyo por parte del entorno social.

Otra tarea sería supervisar que los cambios de comportamiento estén en línea con los valores de cada persona, que sean graduales y tolerables, que no haya malentendidos ni “sobreexigencias” que contribuyan a aumentar el malestar de la persona.

En ocasiones, es preciso tratar los síntomas de depresión o ansiedad que han ido apareciendo como consecuencia del dolor. Puede haber casos en los que se precisa contener el nivel de depresión o ansiedad, antes incluso de plantearse el inicio de la pedagogía sobre la biología del dolor. En otras, será necesario intervenir sobre las relaciones de familia o pareja que han podido desgastarse también como consecuencia de las limitaciones impuestas.

También es posible que haya que explorar los desencadenantes de las crisis o la intensificación del dolor para deconstruir asociaciones aprendidas entre determinados acontecimientos o sentimientos adversos y el dolor. Asimismo, es importante construir estrategias que favorezcan el manejo en las situaciones donde el dolor llega a niveles insoportables.

En líneas generales, esta es la forma en la que, como psicóloga, trato de ayudar a los pacientes con dolor crónico. El proceso es diferente para cada persona y las estrategias, los tiempos y las propuestas se deben ir ajustando a la persona que sufre.

Como decía al principio, uno de los objetivos de la psicoterapia sería ayudar a la persona a abandonar las estrategias de control del dolor que son improductivas e, incluso, perjudiciales a corto y largo plazo. Pero no sólo para el dolor. Hay determinados fenómenos que no son controlables de forma voluntaria y aparecen junto al dolor, como pueden ser las emociones o los pensamientos catastrofistas. Como Sol del Val se comprometió a mostrarnos estrategias acerca de los pensamientos, yo les propongo un ejercicio para visualizar la imposibilidad de controlar las emociones.

Lean y traten de visualizar esta escena:

Imagínese que le conecto a un polígrafo (máquina de la verdad) muy potente. Con este instrumento de alta tecnología puedo saber si experimenta la más mínima cantidad de ansiedad. Imagine que le tengo totalmente conectado y le doy las siguientes instrucciones: “No se ponga nervioso. Si lo hace, seré capaz de detectarlo sin la menor duda”. Para asegurarme de que está usted motivado para el ejercicio, le voy a apuntar en la cabeza con una pistola. Si detecto la más mínima ansiedad, dispararé.

¿Cuánto tiempo aguantaría? ¿Sobreviviría a este examen? ¿Cree que alguien lo conseguiría?

Imagine ahora que le pongo una pistola en la cabeza y le amenazo con matarle si usted no se toma una pastilla. ¿Qué pasaría? ¿Qué diferencia encuentra entre una situación y otra?

Si les apetece, pueden comentar sus impresiones. Y, en otro momento, les planteo opciones alternativas a las estrategias de control.